“Escuchaba de manera entrecortada. Un grito, una caída, el galope veloz de los caballos, el viento zumbando entre mis oídos y mis articulaciones. Todo era velocidad, golpes secos en el corazón, pasión azotada por el miedo y la furia.

Mis enemigos no cejaban en el intento de tomar mi alma y mi cuerpo. Por dentro y por fuera les dominaba el instinto y la certeza de su poder y superioridad. Su sed sangrienta no iba a apaciguarse mientras no medrasen sus ansias de venganza y muerte.

 ¿Cuál era la causa de este azote asesino? Bien, los sarracenos no quedaron contentos con nuestra derrota ante las puertas de Zaragoza. No. Querían ver mi cadáver y no pararían hasta obtenerlo.

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