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El ritmo de mi huida dependía del estado del firme, pero también de mis fuerzas y de las de mis enemigos. Ellos no tirarían la toalla, pero yo tampoco. Había mucho en juego. El rey Carlos confiaba en mí. No podía defraudarle en una campaña tan importante y estratégica como era esta. El futuro de un Imperio, de una tierra alejada del mal, dependía de mi coraje.

Mi caballo ardía. Las espuelas rugían en un ruego por escapar de una temprana muerte lejos de Francia.

El paisaje no era otra cosa que visiones borrosas inyectadas de sangre.

Huesca se quedaba a un lado, mi camino se abría hacia el Pirineo, cerca se hallaba mi casa.

 

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El terreno se hizo más agreste. La dureza del camino se convirtió en una subida sin rumbo determinado.

En escasos segundos mi caballo y yo nos vimos sorprendidos por una zona llena de quebrados vertiginosos. Ellos estaban detrás. No había escapatoria. Los cronistas estaban preparados para una hazaña o para la más terrible de las derrotas.

Todo pasó muy rápido. Al principio me quedé paralizado. Mis músculos se negaron a reaccionar. La cabalgadura se relajó. Mi caballo notó el miedo. La inseguridad ascendía desde mis pies como una ola que va cubriéndote poco a poco pero con intensidad.

Mi mente se negaba a frenar. No nos lo podíamos permitir. Acorralado o no, sólo existía una opción.

Fue un impulso. Salté.”

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Quizá esta sería la manera en que Roldán hubiese contado a sus hijos y nietos esa experiencia que vivió en una época de cruzadas, de Reconquista.

Realidad y ficción se dan la mano en la forma más humana de entender el mundo: los mitos y leyendas.

El Salto de Roldán es un lugar envuelto en ella, en la magia del relato hecho para entender valores humanos, ejemplos de valentía, fuerza, acción y misterio.

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Este enclave natural siempre ha ejercido sobre mí una atracción sublime. Seguramente porque en mi llegada a Huesca, hace dos años, la ventana de mi habitación se asomaba cada mañana a su perfil, siempre presto, imponente.

Su ubicación, como portada de ascenso al Pirineo, demuestra lo potente que puede ser el paisaje mucho antes de toparnos con las grandes moles de esta impresionante cordillera.

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Mi abuela adoraba este lugar, por eso me cedió la habitación que hacia el norte daba, para asegurarse de que Huesca y su entorno me abrazasen desde mi llegada aquí.

Y así lo siento.

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Ayer y hoy, cuando me relajo y salgo al balcón a respirar bien hondo, doy un repaso al paisaje detenidamente. Mi mirada se entrega al llegar a las peñas de San Miguel (Sen) y Amán (Men), donde no sólo veo conglomerado, esa ingente cantidad de sedimentos  que fueron llevados al borde de la cordillera sobre la depresión del Ebro, modelándose  con unas formas absolutamente mágicas. No. No es sólo eso lo que veo. Todo va siempre mucho más allá, porque cada rincón tiene un espacio y un recuerdo, ¿acaso no estamos hechos de ellos?

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Todo esto que os cuento es lo que hace que una vez preparada para acercarme hasta él, hasta el Salto, mi mente se transporte con cada paso.

Cámara en mano, me dirijo hasta el coche. A veces sola, otras acompañada. Porque la sensación de llevar a alguien a descubrir territorios desconocidos es fantástica. Le hace a uno sentir algo poderoso. Al fin y al cabo estás colaborando a generar espacios nuevos, a construir nuevos recuerdos, y eso es todo un honor, una gran responsabilidad, pero una experiencia que no tiene palabras. Hay que vivirlo y compartirlo.

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Tomar la carretera de Apiés es el segundo paso, y desde allí, ir observando calmadamente cómo el paisaje va mutando, sobre todo ahora en primavera. La zona de cultivo se intercala con espacios más agrestes, el campo nos da diferentes verdes que contrastan con los rudos colores del Prepirineo. El cielo cubierto de nubes enriquece las instantáneas y nos van transportando de uno a otro lado, divisando la sierra de Guara en su esplendor.

 

Campos

 

Ha sido un año rico en nieves que nos ha dado incontables momentos de espectacular belleza en el paisaje. El Tozal, auténtico techo del Prepirineo, ha amanecido muchos días vestido de blanco, y eso no ha de escaparse de ser disfrutado.

El camino va tomando forma, se va estrechando: estamos entrando en el reinado de los buitres, en el Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. La carretera serpentea. Sabayés va quedándose rezagado y el asfalto transita entre curvas escalonadas para introducirnos en vistas cada vez más panorámicas.

 

Sabayés

Santolarieta

Poco a poco va asomándose el delicado encanto de Santa Eulalia de la peña, Santolarieta. Pero nuestro objetivo se encuentra más arriba, al final de una carretera que desafía al más valiente por lo vertiginoso de su perfil.

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Ya hemos llegado. Lo tenemos ahí. Amán, San Miguel, dos moles que nos hacen sentir absolutamente insignificantes, tal como se debía sentir Roldán en su huida y regreso a Francia. Y es que es imposible no sentir la fascinante mezcla de naturaleza y leyenda, entregándose a ella en el progresivo ascenso hasta la peña de San Miguel, cubierta de huellas del pasado y de retazos de historia.

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Estamos en la cima. Hemos recorrido un sendero relativamente sencillo, con grapas y clavijas, y ahora podemos llenar nuestros ojos de panorámicas imprevisibles: Gratal, Huesca, las zigzagueantes gargantas del Flumen abriéndose hacia el llano, los estrechos de las Palomeras entre los dos mallos, la Sierra…

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Ojalá os haya animado a caminar por las sendas del mito y la leyenda. No será la última vez que lo hagamos.

¡Un abrazo!

Selnur.

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