Atravesar los calurosos días de finales de julio y principios de agosto resulta en una inmejorable recompensa: las fiestas del patrón de Huesca, San Lorenzo.

La jovialidad, el desparpajo de las gentes, la hospitalidad de su celebración y el sentido tan cercano de la fiesta, con las calles abarrotadas, hacen de estos días un momento especial, divertido y entrañable.

 

Aunque la zona más septentrional de la comarca es la más renombrada y conocida, el sur tiene algo que embruja.

El mes pasado os hablaba de la belleza de Piracés, de su Peña Mediodía y de la sugerente escultura situada en La Corona, “Árboles como arqueología”, de Fernando Casás. Este mes he querido mantenerme entre los paisajes esteparios y áridos que dominan en esta dirección.

La contrastada diversidad de la comarca es algo que siempre ha llamado mi atención poderosamente.

Cierto es que mi infancia y adolescencia han transcurrido en una tierra, Turquía, llena de discordancias y variedad en aspectos tan heterogéneos como la religión, la gastronomía, el arte, la cultura, y también la naturaleza.

Sin embargo, aquí, en La Hoya de Huesca, me sigue fascinando que toda esa diversidad se da en escasos kilómetros de diferencia: un día puedes subir al Salto de Roldán y contemplar los efectos de la nieve o de la niebla, y casi al mismo tiempo, bajar al llano y darte cuenta de cómo los paisajes esteparios enlazan con los Monegros; y todo en apenas 40 kilómetros de distancia entre un punto y otro… Impresionante. No hay palabras que describan el alcance estético de un viaje tan fascinante como este…

“Escuchaba de manera entrecortada. Un grito, una caída, el galope veloz de los caballos, el viento zumbando entre mis oídos y mis articulaciones. Todo era velocidad, golpes secos en el corazón, pasión azotada por el miedo y la furia.

Mis enemigos no cejaban en el intento de tomar mi alma y mi cuerpo. Por dentro y por fuera les dominaba el instinto y la certeza de su poder y superioridad. Su sed sangrienta no iba a apaciguarse mientras no medrasen sus ansias de venganza y muerte.

 ¿Cuál era la causa de este azote asesino? Bien, los sarracenos no quedaron contentos con nuestra derrota ante las puertas de Zaragoza. No. Querían ver mi cadáver y no pararían hasta obtenerlo.

A orillas de la Galliguera

Se asoma abril, comienza la plena primavera: se oyen las lluvias, el rumor del agua, la crecida de los ríos… Agua, agua y más agua. Fuente de vida, de aventura, de trabajo, de paisajes espectaculares, el agua es el protagonista del post de hoy, y este es mi humilde homenaje a un río esencial de la comarca de la Hoya de Huesca: el río Gállego.

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